Jenny Saville.

A pocas horas de abandonar este paraíso desde el que escribo pienso en las montañas. En oír mugir las vacas desde la ducha. En el olor a hierba mojada. En ver amanecer. La vorágine de estos últimos meses parece lejana, y a la vez, me ha traído hasta aquí.

Escribo estas palabras sabiendo que me he tratado como esa planta a la que decides regar mañana porqué hoy vuelves del trabajo cansada. He trabajado, feliz, hasta la extenuación. Y también he escondido los problemas entre cucharada y cucharada de helado. Veo ahora en mi cuerpo unas formas que no reconozco, que no espero. El recordatorio de todo aquello que puedo ser, de todo aquello que no soy.

Pienso en la fealdad. En el cuerpo como herramienta. Que te lleva por el sendero del bosque. Que te permite disfrutar de lo inesperado. Teclear estas palabras. Y pienso en Jenny Saville. En sus carnes sonrojadas, flácidas. La artista británica arranca del cuerpo de mujer el erotismo y la belleza estereotipados. Nos da imágenes donde, si no apartamos la mirada, poder encontrar nuevas formas y reflejos de nuestra propia carne.

Saville nos arma con imágenes que todos podemos usar. Representa y dota de espacio la crudeza de los cuerpos en todos sus espectros. El género se difumina y se vuelve carne. Las heridas se tornan presente. La carne nos identifica, pero…¿nos define?

Jenny Saville, una historia de éxito.

Jenny Saville es conocida por formar parte del colectivo de los Young British Artists (YBA), el grupo de artistas revolucionó el arte en los años noventa. Siendo un grupo muy variado, quizá la característica que más los unía era el uso poco convencional de los materiales con que creaban sus obras (buscaban crear impacto, y no dudaban en usar animales embalsamados, materiales desechados o cualquier cosa que se cruzara en su camino). ¿Qué pintaba pues la tradicional pintura al óleo de Saville en este grupo?

Propped (apoyada)- Jenny Saville 1992

Pese a no formar parte del grupo en sus primeros años, su revolucionaria forma de abordar las imágenes corporales cautivó a Charles Saatchi, publicista y coleccionista de arte que fue uno de los principales impulsores de los YBA. Tal fue la fascinación de Saatchi por la obra de Saville, que compró toda su obra hasta la fecha y le ofreció comprar su producción artística de los siguientes 18 meses. Era el año 1992 y Saville acababa de graduarse en la Glasgow Art School.

Desde entonces su fascinación por los cuerpos y su representación la han llevado lejos. Se ha convertido en una artista mundialmente reconocida, e incluso, su obra Propped la convirtió en 2018 en la artista (mujer) viva cuya obra haya alcanzado mayor valor en una subasta (vendiéndose por 10,8 millones de euros). Quizá lo paradójico es que una mujer haya alcanzado el éxito vendiendo desnudos que no son para consumo, mostrando aquello que millones de mujeres quieren ocultar: la celulitis.

El insomnio y Dora Maar.

Estoy enfadada. Quizá ese segundo café, descafeinado, no lo era en realidad. Quizá es el cansancio del trabajo y el estrés. O quizá es ese bienintencionado post en Instagram sobre Dora Maar.

Dora Maar. La entrada en este blog que siempre tengo pendiente escribir. Esas maravillosas fotografías. Las múltiples horas de documentación. El podcast, el documental, los artículos de prensa… Pero quiero serle justa y el enfado aún no me lo permite.

Porque aún no supero ese doble rasero imperante. Me enfadan las mujeres que aún no ven (y quizá nunca vean) mientras ignoro con indulgencia a los hombres que ni tan solo intentan ver.

Y qué difícil hablar de ellas. De todas ellas. Las musas, las amantes. Las que creaban «poco» y a la sombra. Las venidas a menos. Qué complicado hablar de quiénes fueron, de cómo fueron, de qué crearon. Y no dejarse arrastrar por el torbellino de los genios masculinos en su vida.

No quiero hablar de si en la expresión de Susana (en Susana y los viejos) vemos el dolor de la violación de Gentileschi. No quiero hablar de la depresión de Maar y decir que se volvió loca de amor y de celos. Porque la depresión es una enfermedad seria, y grave. Y porque hablar de mal de amores en plena segunda guerra mundial y tras la muerte de su madre mientras hablaba con ella por teléfono me parece una burla. No quiero hablar de la mujer que llora.

«Que no se entiende Dora sin Picasso». Así con sus grados: ella el nombre de pila y él su apellido de prestigio. «Ni Picasso sin sus musas, claro». Claro. U oscuro. Porque construir la imagen de mujeriego, perdón enamorado del amor, engrandece la leyenda de él. Y en cambio, ¿qué sabemos de Dora sin Picasso?

Y es voz populi que ella abandonó la fotografía por él. No soportaba el gran genio que nadie le hiciese sombra. Pero contar que ella quiso desde el inicio pintar…. Que quiso dedicarse al «gran arte», pero que era un espacio reservado. Que la fotografía en cambio era el digno pasatiempo de una señorita de clase acomodada. Contar el machismo calando hondo en la estructura social de comienzos de siglo… eso mejor otro día.

Mejor hablemos de ese amor que nunca superó. «Después de Picasso, tan sólo Dios». Y comienzo a creer la gran sorna con que Maar dijo esas palabras. O quizá es sólo la imagen que quiero tener de ella. Quiero verla rebelarse al acoso mediático con afilado humor. Quiero creer que se aisló de la vida, sí, pero huyendo de ser la eterna musa, la amante dolida y perdida que todos veían en ella.

Quiero guardar en mi memoria tan sólo la mujer inteligente, creativa, brillante que fue. Quiero limitarme a ver sus miles de imágenes. Quiero sentirlas, un siglo después, contemporáneas. Quiero maravillarme con su luz, sus fotomontajes. Quiero oír la leyenda de la gran fotógrafa que, tan joven, viajó sola por media Europa. Quiero ver la denuncia social en sus fotografías callejeras. Su éxito en las imágenes comerciales. Quiero ver, tan solo a Maar.


Algunos recursos:

Ninth street women.

«Cuando comencé a leer este libro, tan sólo me sonaba el nombre de Lee Krasner. No sabría decir con exactitud cómo ese nombre llegó a mí. Conocía a Pollock desde hacía poco: acababa de leer «¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno» de Gompertz. Y es cierto que Gompertz dice literalmente «…junto a su esposa la también artista Lee Krasner» pero como podéis imaginar, aquella frase resbaló por mi memoria y acabó en la basura. «

Ninth Street Women: Lee Krasner, Elaine de Kooning, Grace Hartigan, Joan Mitchell, and Helen Frankenthaler: Five Painters and the Movement That Changed Modern Art.

Cuando comencé a leer este libro, tan sólo me sonaba el nombre de Lee Krasner. No sabría decir con exactitud cómo ese nombre llegó a mí. Conocía a Pollock desde hacía poco: acababa de leer «¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno» de Gompertz. Y es cierto que Gompertz dice literalmente «…junto a su esposa la también artista Lee Krasner» pero como podéis imaginar, aquella frase resbaló por mi memoria y acabó en la basura.

Es un libro largo. 700 páginas de historia acompañadas de otras doscientas de bibliografía, fotos, etc. Como si de una tesis doctoral se tratara todo está bien referenciado y respaldado con datos: nada queda a la imaginación o la literatura. Pero al mismo tiempo es fluido, ligero, emocionante. Una reconstrucción perfecta con el mejor dolby surround.

Mary Gabriel no ha separado la nata del bizcocho. Mary Gabriel ha cogido el trozo entero del pastel. No habla de 5 mujeres del expresionismo abstracto, reescribe LA historia. Porque es imposible hablar de Pollock sin entender a Krasner. Igual de imposible que entenderlos a todos sin comprender el momento histórico y social.

Este libro nos presenta mujeres brillantes, jóvenes, que marcan una época y definen los términos en que quieren vivir su vida. Beben, fuman, pasan del momento ausonia (véase «fina y ligera»), se acuestan con quien quieren y sobre todo pintan. Pintan sin descanso. Rompen los esquemas y redefinen los estilos.

Pero también son de carne y hueso. Sufren. Se enamoran. Caen en relaciones tóxicas que las consumen. Y, pese a su absoluta libertad y fuerza, viven momentos en que inevitablemente su género las define. Deben afrontar la maternidad o la ausencia de ella. Las expectativas de aquellos que esperan que sean esposas convencionales. La responsabilidad de los cuidados de padres, hijos o maridos enfermos.

Son mujeres. Y no tienen la tarjeta del Monopoly «Quedas libre de la cárcel». El mundo no se rinde a los pies del «gran artista». Son mujeres… Y aún así no se doblegan. Ante el silencio de la crítica. Los chismorreos sobre su vida. El hambre o la falta de reconocimiento. Siguen pintando. Porque esa es su misión. Y su legado.

Un imprescindible. Debería haber un libro como este de cada pequeño periodo de la historia. Un libro del que empaparse. De los que al terminar quieres volver a leer. También el punto de partida para los próximos posts de este blog: muchas grandes mujeres que conocer… ¿os las vais a perder?

Libros de arte.

Soy una lectora desconfiada. Quizá si escribes un libro y haces tu magia, me atrapes y me convenzas, pero no te relajes porque volveré. Siempre vuelvo y reviso aquellos libros de los que he sacado ideas nuevas. Y cuando vuelvo, más formada, más informada, es posible que encuentre los vacíos en tu historia. Y quizá te perdone esas ausencias, o quizá sean imperdonables.

El primer libro de historia del arte que leí fue el famoso Historia del Arte de Gombrich, un libro publicado por primera vez en 1950. Sin tecnicismos ni expresiones rebuscadas este libro hace un viaje desde las primeras muestras artísticas hasta principios del siglo XX. Con imágenes maravillosas y desplegables, disfruté de su estilo ameno y descubrí (quizá por dotarlo de sentido) lo mucho que me gustaba el arte.

Cuando lees un libro escrito hace 70 años, te ves en la obligación (o no) de hacer ciertas concesiones. Este libro no menciona ni una sola mujer. No existen mujeres artistas en la historia del arte de Gombrich. Pero tampoco el arte contemporáneo: la primera mitad del siglo XX aún no estaba muy asentada y era difícil para el autor saber qué pasaría a la historia y qué no. ¡Y los últimos 70 años aún no habían sucedido! Por eso, el siguiente libro que leí fue «¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno en un abrir y cerrar de ojos» de Will Gompertz.

Me encantó. Con un estilo parecido: sin florituras y con humor, Gompertz hace un repaso a la historia reciente ayudando a comprender cómo evoluciona el arte y por qué. Qué buscaban los artistas y cuál era el contexto social. Es un libro que se lee con la pantalla de la tablet dividida: media para Kindle, media para Google. A mi gusto le faltan imágenes, y yo que quería empaparme de todo, no podía pasar por encima nombres de artistas y obras sin saber quiénes son ni cuáles son las obras que el autor cita. Además, Gompertz cita mujeres en su libro (es cierto que desde la perspectiva del siglo XXI, es más sencillo) y yo estaba entusiasmada.

Sin duda con estos dos libros tenía en mi cabeza un gran esquema de cómo había sido la historia del arte hasta nuestros días. En mi cabeza visualizaba un gran esqueleto fósil, como las reconstrucciones de dinosaurios de un museo de historia natural. Pero sabía que el dinosaurio para correr no sólo necesita huesos: también músculo y piel. Con esta imagen en mente me he embarcado en la tarea de completar todos los huecos en mi esquema.

«Las olvidadas» de Ángeles Caso dotó de contexto las grandes ausencias de la edad media: qué dificultades tuvieron, cómo vivieron, cómo desaparecieron bajo la sombra de sus padres, maridos, etc. Después descubrí lo enriquecedoras que son algunas biografías: no sólo para conocer grandes artistas sino para llenar de matices el contexto histórico en el que vivieron y los círculos sociales en que se movieron.

Y como soy una lectora desconfiada (y también por cruzar información de mis recientes lecturas), he releído algunos capítulos del libro de Will Gompertz. Y me asombra cómo nombra de pasada mujeres que he descubierto merecen la misma atención que su coetáneos. Y me duele un poquito más esta traición de Gompertz que la de Gombrich silenciando a todas la mujeres de la edad media y moderna (y quizá también de la edad antigua, he leído poco sobre este periodo).

De momento sigo enfrascada en la lectura de biografías de mujeres. Buscando información, rellenando huecos. Enamorándome de mujeres que todos deberíamos conocer, disfrutando de sus obras, y (no puedo evitarlo) enfadándome con lo injusta que ha sido la historia con ellas.

Monstruas y centauras.

El feminismo está de moda. Pintalabios morados, camisetas con mensaje, tazas y hasta fundas para el móvil. Pero las modas, por definición, son pasajeras. ¿Nos negamos a convertir el feminismo en un bien de consumo o nos subimos a la cresta de la ola y cuando rompa ojalá hayamos llegado muy lejos? Estos y otros dilemas analiza Marta Sanz en su libro «Monstruas y centauras»

El feminismo está de moda. Pintalabios morados, camisetas con mensaje, tazas y hasta fundas para el móvil. Pero las modas, por definición, son pasajeras. ¿Nos negamos a convertir el feminismo en un bien de consumo o nos subimos a la cresta de la ola y cuando rompa ojalá hayamos llegado muy lejos? Estos y otros dilemas analiza Marta Sanz en su libro «Monstruas y centauras».

Es un libro de pequeño formato, lleno de notas al pie de página con incontables referencias al trabajo de otras mujeres. También hay hombres, por supuesto, pero ya sabéis: referentes, referentes, referentes. Desde las primeras páginas, me tiene ganada.

Para mí los libros son sagrados. Pero estoy aprendiendo que también son míos, y que una cita subrayada o una nota en un margen le dan el valor de conservar quién era yo cuando leí el libro. Aún me duele cada tímida rayita a lápiz, pero con Marta Sanz duele un poco menos: el libro está lleno de ideas brillantes que no quieres perder entre un mar de letras.

Las dudas sobre el ecofeminismo: la mística de la maternidad, y lo individual frente a lo colectivo (economía de subsistencia). El valor del movimiento Me Too sin olvidar que el camino debe ser el feminismo de clase y no el neoliberal. Me gusta su mirada escéptica. Sus dudas, expresadas en voz alta y sin dejar que sus propias contradicciones (todos las tenemos) le resten valor a su discurso. Su capacidad de tomar distancia, ver pros y contras, y que los contras no empañen los pros. Me gusta su escepticismo pero también su capacidad para esperar lo mejor.

Cuando lees sobre un tema que conoces, y yo sobre feminismo he leído bastante, a veces es complicado encontrar ideas frescas: todo termina sonando vagamente conocido, si no totalmente repetitivo. Pero no con Marta Sanz. Sus múltiples y variadas referencias al cine, la literatura y la prensa te dejan una inmensa lista de «tareas»: bucear en ellas. Pero no sólo eso, aporta términos nuevos (al menos para mí) con los que dotar de nueva energía los temas de siempre. Prosumo. Femenino funeral. Oclocracia. Glíglicos. Una lectura deliciosa e imprescindible.

Ursula K. Le Guin

La primera vez que oí hablar de Ursula K. Le Guin fue cuando una amiga me recomendó su libro «Los desposeídos». No suelo leer ciencia ficción. Con mi adolescencia dejé atrás los libros de Laura Gallego y con ellos toda la «fantasía» que leía. De hecho… trato de hacer memoria y no recuerdo haber leído un libro de ciencia ficción nunca. Alguno habrá… pero no me viene a la mente ahora mismo.

Tenía poco con lo que comparar, obviamente, pero aún así Le Guin me fascinó. Tiene una capacidad impresionante para crear mundos nuevos hasta sus detalles más mínimos: sistema político, cultural, valores, especies, formas de relacionarse… Nada que ver con los libros de Laura Gallego que leí en mi infancia: aunque hubiese firmado por conocer Idhún y ser la novia de un medio hombre-medio serpiente (medio Shek, disculpen los fans), en realidad aquellos paisajes fantásticos e increíbles estaban poblados por seres que se comportaban de una forma bastante similar a la nuestra. Es difícil escapar de nuestra forma de entender el mundo.

Pero Ursula escapa. Escapa y empuja los límites de aquello que damos por sentado. Nos obliga a imaginar un mundo sin posesiones. O un mundo sin género, en que seres andróginos adoptan caracteres sexuales femeninos o masculinos en el momento de reproducirse (tan solo unos días al mes). Imagina sociedades no basadas en el progreso, sino en la permanencia de sus valores y tradiciones. Crea una comunidad interplanetaria basada en la solidaridad y el intercambio de conocimiento… Pero no es solo eso. Su vocabulario rico y sus frases brillantes te hacen disfrutar cada página.

Recientemente he visto el documental «Los mundos de Ursula K. Le Guin«. Al hacer un recorrido a por su vida es difícil obviar, una vez más, lo complicado que es ser mujer y querer hacer cosas «no típicas de mujeres». Escritora de un género literario muy poco reconocido (menos aún cuando ella comenzó a escribir en los años 60) tuvo que hacer frente a una doble lucha: escribir fantasía y ser mujer. Además tuvo que librar estas batallas sola. No encontró un colectivo en que apoyarse entre los otros escritores de fantasía y ciencia ficción (por ser mujer), ni tampoco en el movimiento feminista de los años 70 (por ser madre de 3 hijos).

El documental nos enseña cómo en cada libro Le guin crece, evoluciona y busca su propia voz. Criticada por no haber sido bastante feminista, o no haber llevado un paso más allá algunas de sus obras, en el documental la escritora se defiende: «sólo porque hayas escrito un libro acerca de algo, no significa que hayas terminado de pensar acerca de ello. Siempre hay sitio para expandir tus ideas, seguir aprendiendo. Mi trabajo no es llegar a una respuesta final y publicarla.»

Una mujer libre. Cuyos valores jamás estuvieron en venta. Sin pelos en la lengua. Dispuesta siempre a poner verdades incómodas encima de la mesa. Un gran referente.

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– Os dejo el enlace a la reseña del libro «Los desposeídos» que hace Francisco José Alfonso Moreno en su blog «Esto no es Kansas». Es genial, no dejéis de echarle un vistazo.
– Enlace al trailer subtitulado en español del documental Los mundos de Ursula K. Le Guin.
– Enlace al discurso de aceptación del National Book Award. Muestra de su capacidad de crítica y sentido del humor.

Teoría King Kong.

Había un libro que siempre llamaba mi atención. Lo veía en librerías, ferias del libro, recomendaciones de Facebook,…siempre en la sección de feminismo. Era cuestión de tiempo. Un libro fundamental para entender las «nuevas claves» del feminismo. Total que lo he leído. He leído Teoría King Kong de Virginie Despentes.

Comienza así: «Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las malfolladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica. Y empiezo por aquí para que las cosas queden claras: no me disculpo de nada, ni vengo a quejarme.» Menudo golpe de efecto. Me atrapó. En ese primer párrafo había muchas palabras que me molestaban. Palabras que no uso y que conceptualmente no tolero, pero entendía el mensaje.

Disfruté el primer capítulo. Su lenguaje directo, agresivo, me hizo creer que había encontrado el libro que pondría blanco sobre negro. Que disolvería todas mis dudas sobre feminismo. No fue así.

La autora ataca las dinámicas de poder de una forma que me sonaba muy marxista y a ratos viejuna, pero me hacía gracia: una punkarra de los 80 explicándote el mundo como si aún fuesen los 80. Y aunque no concibo su idea de matrimonio, como relación de poder y de ascensión en la escala social… que al final, nuestro mayor mal se llame capitalismo, es una historia que puedo comprar.

Pero llega el capítulo 3. Y la historia de su violación. Y su necesidad de entender la violación como «un riesgo a asumir» por el derecho a salir a la calle. Y uff. Intelectualmente la sigo, veo sus argumentos pero el estomago se me hace pelotilla.

Y entramos en el capítulo de la prostitución. Al que sigue el del porno. Y su defensa a ultranza de la necesidad que dar unas garantías a las mujeres que se dedican a ello. Te cuenta su experiencia como prostituta ocasional. Ella elegía quién, cómo, dónde, y qué. Dinero fácil. Una forma de «sacarle partido» a «aquello» que hizo que la violaran. Y aunque te lleva de la mano, y sigues un argumento tras otro, … mi cabeza sólo repetía: no, no, no, no.

Visceralmente no puedo asumir que la prostitución o la pornografía sean «un trabajo como cualquier otro». Entiendo su defensa de que vivimos en una sociedad reprimida que lo único que pretende es negarles a los hombres (¿a todos?) que satisfazcan sus deseos. Y me suena a viejo, y a rancio. Pero aunque lo entiendo, no soy capaz de entender que alguien quiera «vender» si no es en situación de necesidad. Y ella insiste, es nuestra oportunidad de sacarle partido al patriarcado como mujeres. Pero yo ni veo el partido ni me gusta el juego.

El libro es corto y lo termino. Tiene frases geniales. Brutales. Y me deja una gran inquietud. Aún no tengo argumentos sólidos. Aún no tengo el blanco sobre negro que buscaba. Sé qué hay cosas en ese libro que no soy capaz de rebatir, y que no quiero ni puedo asumir. Así que seguiré leyendo, buscando. Incluso cuando no me guste. Es imprescindible comprender para transformar. Y aquí aún hay trabajo que hacer.