La vegetariana, Han Kang

La vegetariana. Había oído hablar de ella. Fue en uno de esos canales de YouTube donde ser entendido en literatura significa echar mucha espuma por la boca y estar insatisfecho con todo aquello que es fácil y comprensible. Porque si no es hermética, fría, indescifrable, no es literatura.

No ha sido hasta casi un año después que esta novela se ha vuelto a cruzar en mi camino. La pesé: apenas 200 páginas. No me matará. Y lo dije con incredulidad. Sabiendo que últimamente nada pasa el corte y me cuesta ir más allá de la tercera página. Pero la he devorado.

El prólogo es ese amigo que te presta el libro y te dice: «Prepárate: Dumbledore muere». Necesario quizá, pero totalmente prescindible. Disculpe señor, hay una novela en su prólogo. En serio. NO.

La vegetariana es una novela a 3 voces. Marido, cuñado y hermana tejen el relato de Yeong-hye, la vegetariana, mientras nos cuentan su propia historia. Una protagonista sin voz. Una sombra en las dinámicas de poder familiares y sociales. El incómodo guisante bajo el colchón que no deja dormir tranquilo a nadie.

Bajo el paraguas de una decisión aparentemente inocua (no volver a comer carne), Han Kang nos habla de patriarcado, violencia y libertad. Del poder inherente a nuestra existencia. O la falta de él.

No es una novela previsible. O quizá sí. Pero a cada página sientes que la historia se te va de las manos. Con asombro ves caer cada ficha de dominó como si no pudieses imaginar el final. Quisiera decir que la bola de nieve se hace tan grande que la escritora abandona el marco de la realidad. Pero no es así.

¿Mi parte favorita? El marido. Sus pensamientos golpean con fuerza. Su frialdad corta como un cuchillo bien afilado mientras todo está por suceder aún. La cotidianidad de su violencia te sacude en silencio. Las disculpas de la familia de ella por su «mala actitud». Simplemente brutal.

Comienza así…

«Antes de que mi mujer se hiciera vegetariana, nunca pensé que fuera una persona especial. Para ser franco, ni siquiera me atrajo cuando la vi por primera vez.»

Ninth street women.

«Cuando comencé a leer este libro, tan sólo me sonaba el nombre de Lee Krasner. No sabría decir con exactitud cómo ese nombre llegó a mí. Conocía a Pollock desde hacía poco: acababa de leer «¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno» de Gompertz. Y es cierto que Gompertz dice literalmente «…junto a su esposa la también artista Lee Krasner» pero como podéis imaginar, aquella frase resbaló por mi memoria y acabó en la basura. «

Ninth Street Women: Lee Krasner, Elaine de Kooning, Grace Hartigan, Joan Mitchell, and Helen Frankenthaler: Five Painters and the Movement That Changed Modern Art.

Cuando comencé a leer este libro, tan sólo me sonaba el nombre de Lee Krasner. No sabría decir con exactitud cómo ese nombre llegó a mí. Conocía a Pollock desde hacía poco: acababa de leer «¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno» de Gompertz. Y es cierto que Gompertz dice literalmente «…junto a su esposa la también artista Lee Krasner» pero como podéis imaginar, aquella frase resbaló por mi memoria y acabó en la basura.

Es un libro largo. 700 páginas de historia acompañadas de otras doscientas de bibliografía, fotos, etc. Como si de una tesis doctoral se tratara todo está bien referenciado y respaldado con datos: nada queda a la imaginación o la literatura. Pero al mismo tiempo es fluido, ligero, emocionante. Una reconstrucción perfecta con el mejor dolby surround.

Mary Gabriel no ha separado la nata del bizcocho. Mary Gabriel ha cogido el trozo entero del pastel. No habla de 5 mujeres del expresionismo abstracto, reescribe LA historia. Porque es imposible hablar de Pollock sin entender a Krasner. Igual de imposible que entenderlos a todos sin comprender el momento histórico y social.

Este libro nos presenta mujeres brillantes, jóvenes, que marcan una época y definen los términos en que quieren vivir su vida. Beben, fuman, pasan del momento ausonia (véase «fina y ligera»), se acuestan con quien quieren y sobre todo pintan. Pintan sin descanso. Rompen los esquemas y redefinen los estilos.

Pero también son de carne y hueso. Sufren. Se enamoran. Caen en relaciones tóxicas que las consumen. Y, pese a su absoluta libertad y fuerza, viven momentos en que inevitablemente su género las define. Deben afrontar la maternidad o la ausencia de ella. Las expectativas de aquellos que esperan que sean esposas convencionales. La responsabilidad de los cuidados de padres, hijos o maridos enfermos.

Son mujeres. Y no tienen la tarjeta del Monopoly «Quedas libre de la cárcel». El mundo no se rinde a los pies del «gran artista». Son mujeres… Y aún así no se doblegan. Ante el silencio de la crítica. Los chismorreos sobre su vida. El hambre o la falta de reconocimiento. Siguen pintando. Porque esa es su misión. Y su legado.

Un imprescindible. Debería haber un libro como este de cada pequeño periodo de la historia. Un libro del que empaparse. De los que al terminar quieres volver a leer. También el punto de partida para los próximos posts de este blog: muchas grandes mujeres que conocer… ¿os las vais a perder?

Libros de arte.

Soy una lectora desconfiada. Quizá si escribes un libro y haces tu magia, me atrapes y me convenzas, pero no te relajes porque volveré. Siempre vuelvo y reviso aquellos libros de los que he sacado ideas nuevas. Y cuando vuelvo, más formada, más informada, es posible que encuentre los vacíos en tu historia. Y quizá te perdone esas ausencias, o quizá sean imperdonables.

El primer libro de historia del arte que leí fue el famoso Historia del Arte de Gombrich, un libro publicado por primera vez en 1950. Sin tecnicismos ni expresiones rebuscadas este libro hace un viaje desde las primeras muestras artísticas hasta principios del siglo XX. Con imágenes maravillosas y desplegables, disfruté de su estilo ameno y descubrí (quizá por dotarlo de sentido) lo mucho que me gustaba el arte.

Cuando lees un libro escrito hace 70 años, te ves en la obligación (o no) de hacer ciertas concesiones. Este libro no menciona ni una sola mujer. No existen mujeres artistas en la historia del arte de Gombrich. Pero tampoco el arte contemporáneo: la primera mitad del siglo XX aún no estaba muy asentada y era difícil para el autor saber qué pasaría a la historia y qué no. ¡Y los últimos 70 años aún no habían sucedido! Por eso, el siguiente libro que leí fue «¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno en un abrir y cerrar de ojos» de Will Gompertz.

Me encantó. Con un estilo parecido: sin florituras y con humor, Gompertz hace un repaso a la historia reciente ayudando a comprender cómo evoluciona el arte y por qué. Qué buscaban los artistas y cuál era el contexto social. Es un libro que se lee con la pantalla de la tablet dividida: media para Kindle, media para Google. A mi gusto le faltan imágenes, y yo que quería empaparme de todo, no podía pasar por encima nombres de artistas y obras sin saber quiénes son ni cuáles son las obras que el autor cita. Además, Gompertz cita mujeres en su libro (es cierto que desde la perspectiva del siglo XXI, es más sencillo) y yo estaba entusiasmada.

Sin duda con estos dos libros tenía en mi cabeza un gran esquema de cómo había sido la historia del arte hasta nuestros días. En mi cabeza visualizaba un gran esqueleto fósil, como las reconstrucciones de dinosaurios de un museo de historia natural. Pero sabía que el dinosaurio para correr no sólo necesita huesos: también músculo y piel. Con esta imagen en mente me he embarcado en la tarea de completar todos los huecos en mi esquema.

«Las olvidadas» de Ángeles Caso dotó de contexto las grandes ausencias de la edad media: qué dificultades tuvieron, cómo vivieron, cómo desaparecieron bajo la sombra de sus padres, maridos, etc. Después descubrí lo enriquecedoras que son algunas biografías: no sólo para conocer grandes artistas sino para llenar de matices el contexto histórico en el que vivieron y los círculos sociales en que se movieron.

Y como soy una lectora desconfiada (y también por cruzar información de mis recientes lecturas), he releído algunos capítulos del libro de Will Gompertz. Y me asombra cómo nombra de pasada mujeres que he descubierto merecen la misma atención que su coetáneos. Y me duele un poquito más esta traición de Gompertz que la de Gombrich silenciando a todas la mujeres de la edad media y moderna (y quizá también de la edad antigua, he leído poco sobre este periodo).

De momento sigo enfrascada en la lectura de biografías de mujeres. Buscando información, rellenando huecos. Enamorándome de mujeres que todos deberíamos conocer, disfrutando de sus obras, y (no puedo evitarlo) enfadándome con lo injusta que ha sido la historia con ellas.

Monstruas y centauras.

El feminismo está de moda. Pintalabios morados, camisetas con mensaje, tazas y hasta fundas para el móvil. Pero las modas, por definición, son pasajeras. ¿Nos negamos a convertir el feminismo en un bien de consumo o nos subimos a la cresta de la ola y cuando rompa ojalá hayamos llegado muy lejos? Estos y otros dilemas analiza Marta Sanz en su libro «Monstruas y centauras»

El feminismo está de moda. Pintalabios morados, camisetas con mensaje, tazas y hasta fundas para el móvil. Pero las modas, por definición, son pasajeras. ¿Nos negamos a convertir el feminismo en un bien de consumo o nos subimos a la cresta de la ola y cuando rompa ojalá hayamos llegado muy lejos? Estos y otros dilemas analiza Marta Sanz en su libro «Monstruas y centauras».

Es un libro de pequeño formato, lleno de notas al pie de página con incontables referencias al trabajo de otras mujeres. También hay hombres, por supuesto, pero ya sabéis: referentes, referentes, referentes. Desde las primeras páginas, me tiene ganada.

Para mí los libros son sagrados. Pero estoy aprendiendo que también son míos, y que una cita subrayada o una nota en un margen le dan el valor de conservar quién era yo cuando leí el libro. Aún me duele cada tímida rayita a lápiz, pero con Marta Sanz duele un poco menos: el libro está lleno de ideas brillantes que no quieres perder entre un mar de letras.

Las dudas sobre el ecofeminismo: la mística de la maternidad, y lo individual frente a lo colectivo (economía de subsistencia). El valor del movimiento Me Too sin olvidar que el camino debe ser el feminismo de clase y no el neoliberal. Me gusta su mirada escéptica. Sus dudas, expresadas en voz alta y sin dejar que sus propias contradicciones (todos las tenemos) le resten valor a su discurso. Su capacidad de tomar distancia, ver pros y contras, y que los contras no empañen los pros. Me gusta su escepticismo pero también su capacidad para esperar lo mejor.

Cuando lees sobre un tema que conoces, y yo sobre feminismo he leído bastante, a veces es complicado encontrar ideas frescas: todo termina sonando vagamente conocido, si no totalmente repetitivo. Pero no con Marta Sanz. Sus múltiples y variadas referencias al cine, la literatura y la prensa te dejan una inmensa lista de «tareas»: bucear en ellas. Pero no sólo eso, aporta términos nuevos (al menos para mí) con los que dotar de nueva energía los temas de siempre. Prosumo. Femenino funeral. Oclocracia. Glíglicos. Una lectura deliciosa e imprescindible.

Toni Morrison.

Mujeres que han recibido un premio Nobel. Marie Curie, Svetlana Aleksiévich, Malala Yousafzai,… ¿me suena una Nobel de química el año pasado? Google me devuelve la respuesta: si por año pasado te refieres a 2018, Frances Arnold. (Así como el Nobel de física de Donna Strickland). Leo el listado de mujeres que han recibido el premio Nobel y reconozco algún nombre más: Doris Lessing, Teresa de Calcuta y Maria Goeppert-Mayer, así como la hija de Marie Curie. De la lista de 54 mujeres… no dice mucho de mí.

Reviso por curiosidad la lista completa. Muchos nombres conocidos: Bertrand Russell, Winston Churchill, Ernest Hemingway, Albert Camus, John Steinbeck, Jean-Paul Sartre, Henry Kissinger, Gabriel García Márquez, Nelson Mandela, Darío Fo, José Saramago, Jimmy Carter, Orhan Pamuk, Barack Obama, Mario Vargas Llosa, Pablo Neruda, Martin Luther King… la lista sigue.

Hace poco descubrí a Toni Morrison, premio Nobel de literatura del año 1993. Con la reciente crispación ante el asesinato de George Floyd en mayo de 2020, cayó en mis manos el ensayo «El origen de los otros». Es un libro de sólo 57 páginas fruto de unas conferencias en la universidad de Harvard en otoño de 2016. En ellas Morrison reflexiona sobre el origen del racismo y el concepto de raza mismo. Aunque las continuas referencias a sus novelas (que yo desconocía totalmente) en los que explora conceptos complejos como el autoodio o la supremacía racial, se hacen a ratos un poco cargantes, muchas de sus reflexiones son brillantes y necesarias.

Ya en el prólogo Ta-Nehisi Coates nos regala dos ideas geniales. Por un lado que nos excusamos en la genética o en la obra de Dios para explicar la existencia de razas, de forma que si la raza es algo ajeno a nosotros, también el racismo lo es. Y por otro, la idea de que los privilegiados (blancos) jamás renunciaran a su privilegio a no ser que este se vuelva un lujo que no se puedan permitir.

Morrison comienza el libro yendo a los orígenes de la esclavitud. ¿En qué momento convertimos al otro, al diferente, en algo tan lejano que ni siquiera lo consideramos humano?

Sigue avanzando sin miedo a pisar callos hasta llegar a la fascinación por lo exótico. El asombro con el que miramos a una persona creando toda una leyenda fantasiosa a su alrededor, volcando nuestras expectativas de entretenimiento incluso. Eliminando todo rastro de individualidad. La misma fascinación y egoísmo con las que pedimos permiso para tocar un pelo afro.

En definitiva Morrison hace un repaso express de cómo nos enfrentamos al otro. De cómo reforzamos nuestra identidad por contraposición. Del dime de qué presumes y te diré de qué careces. Y muchas otras actitudes que tenemos ancladas en el subconsciente mientras decimos «No, si yo no soy racista…»


Enlace a imagen destacada.

Baztán.

Ojeo «La cara norte del corazón». Paso páginas buscando una cita representativa de la maestría de Dolores Redondo. Quiero hablar del próximo estreno de Netflix «Ofrenda a la tormenta»: la tercera entrega de la trilogía de Baztán. Leo el prólogo y el estómago se me encoge en un puño.

Esto es la Redondo. Cómo en pocas líneas consigue meterte en el ojo del huracán. Eres consciente de que eres sólo un espectador, pero quieres gritar. Ayudar a la pobre Amaia. Protegerla. Evitarle un mal que no sabes cómo va a llegar, pero sabes que inevitablemente llega.

Consigue crear imágenes tan potentes que es capaz de repetir el mismo suceso, construyéndolo poco a poco, añadiendo información capa a capa, produciéndote cada vez la misma reacción visceral. Y claro, me he sorprendido abrazando el libro, como me gustaría abrazar a la Amaia niña. Leyendo en la parada cuando faltan 30 segundos para que llegue mi tren. Leyendo en el baño, mientras comía, en un cambio de clase esperando al profesor y a las tres de la mañana aún cuando me tenía que levantar a las seis.

El boom editorial fue tal que la película no se hizo esperar. Con el miedo y el rechazo de quien sabe que nada puede estar a la altura, fui a verla. Y hubo magia. Los pelos como escarpias (¡con lo que a mi me cuesta!). La mano de mi madre estrujada hasta hacerla desaparecer. Los paisajes de ensueño… Baztán: mi eterno viaje pendiente.

Para quienes no la conozcáis, Amaia Salazar es policía, especialista en perfiles. Como toda novela policíaca, los libros protagonizados por ella comienzan con un asesinato que se resuelve al final del libro. Y como novelas independientes, no tienen nada que envidiar a Harry Hole, Guido Brunetti o Kurt Wallander. Pero aquello que te hace devorar cada uno de sus libros no es su increíble pericia atrapando asesinos. Lo que atrapa son los personajes complejos que visten la trama. Personajes cuyo pasado se entremezcla inevitablemente con el presente. Y la mitología vasca, que lejos de ser cosa del pasado, late en sus ciudades y pueblos, en pleno siglo XXI.

Escribo esto a pocos días del estreno de la tercera película en Netflix. El último libro escrito por Dolores Redondo, La cara norte del corazón, se publicó hace pocos meses: en octubre de 2019. Poco se sabe de cuál será el próximo libro de Redondo, mucho menos cuándo se publicará. La lógica dice que habrá que esperar aún un tiempo, ¿quizá en 2022? De lo que estoy segura, es que como me pasó en octubre, cuando paseando tranquilamente por la ciudad lo vea en el escaparate de una librería: entraré, lo compraré y volverá la lluvia, llevándome con ella al valle de Baztán.

«Cuando Amaia Salazar tenía doce años estuvo perdida en el bosque durante dieciséis horas. Era de madrugada cuando la encontraron a treinta kilómetros al norte del lugar donde se había despistado de la senda.

(…) Cuando recobró la consciencia vio a su padre junto a la cama del hospital. El rostro pálido, el cabello mojado por la lluvia pegado a la frente. La línea roja que circundaba los párpados irritados por el llanto. Al verla abrir los ojos se inclinó protector, el rostro crispado de preocupación, pero con un incipiente alivio. Su gesto le provocó una inmensa ternura que amenazó con ahogarla de emoción.(…)

-Amaia, no se lo cuentes a nadie. Si me quieres, lo harás por mí. No lo cuentes.
Todo el amor que sentía, que había sentido siempre por él, le aprisionó el pecho hasta dolerle. Las palabras destinadas a decirle cuánto lo quería se le murieron dentro y se quedaron como un doloroso recuerdo, adheridas a sus cuerdas vocales. Incapaz de emitir un sonido, asintió, y su silencio se convirtió en el último secreto que le guardaría a su padre y en la razón por la que dejó de amarlo»

La cara norte del corazón, de Dolores Redondo.

Ursula K. Le Guin

La primera vez que oí hablar de Ursula K. Le Guin fue cuando una amiga me recomendó su libro «Los desposeídos». No suelo leer ciencia ficción. Con mi adolescencia dejé atrás los libros de Laura Gallego y con ellos toda la «fantasía» que leía. De hecho… trato de hacer memoria y no recuerdo haber leído un libro de ciencia ficción nunca. Alguno habrá… pero no me viene a la mente ahora mismo.

Tenía poco con lo que comparar, obviamente, pero aún así Le Guin me fascinó. Tiene una capacidad impresionante para crear mundos nuevos hasta sus detalles más mínimos: sistema político, cultural, valores, especies, formas de relacionarse… Nada que ver con los libros de Laura Gallego que leí en mi infancia: aunque hubiese firmado por conocer Idhún y ser la novia de un medio hombre-medio serpiente (medio Shek, disculpen los fans), en realidad aquellos paisajes fantásticos e increíbles estaban poblados por seres que se comportaban de una forma bastante similar a la nuestra. Es difícil escapar de nuestra forma de entender el mundo.

Pero Ursula escapa. Escapa y empuja los límites de aquello que damos por sentado. Nos obliga a imaginar un mundo sin posesiones. O un mundo sin género, en que seres andróginos adoptan caracteres sexuales femeninos o masculinos en el momento de reproducirse (tan solo unos días al mes). Imagina sociedades no basadas en el progreso, sino en la permanencia de sus valores y tradiciones. Crea una comunidad interplanetaria basada en la solidaridad y el intercambio de conocimiento… Pero no es solo eso. Su vocabulario rico y sus frases brillantes te hacen disfrutar cada página.

Recientemente he visto el documental «Los mundos de Ursula K. Le Guin«. Al hacer un recorrido a por su vida es difícil obviar, una vez más, lo complicado que es ser mujer y querer hacer cosas «no típicas de mujeres». Escritora de un género literario muy poco reconocido (menos aún cuando ella comenzó a escribir en los años 60) tuvo que hacer frente a una doble lucha: escribir fantasía y ser mujer. Además tuvo que librar estas batallas sola. No encontró un colectivo en que apoyarse entre los otros escritores de fantasía y ciencia ficción (por ser mujer), ni tampoco en el movimiento feminista de los años 70 (por ser madre de 3 hijos).

El documental nos enseña cómo en cada libro Le guin crece, evoluciona y busca su propia voz. Criticada por no haber sido bastante feminista, o no haber llevado un paso más allá algunas de sus obras, en el documental la escritora se defiende: «sólo porque hayas escrito un libro acerca de algo, no significa que hayas terminado de pensar acerca de ello. Siempre hay sitio para expandir tus ideas, seguir aprendiendo. Mi trabajo no es llegar a una respuesta final y publicarla.»

Una mujer libre. Cuyos valores jamás estuvieron en venta. Sin pelos en la lengua. Dispuesta siempre a poner verdades incómodas encima de la mesa. Un gran referente.

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– Os dejo el enlace a la reseña del libro «Los desposeídos» que hace Francisco José Alfonso Moreno en su blog «Esto no es Kansas». Es genial, no dejéis de echarle un vistazo.
– Enlace al trailer subtitulado en español del documental Los mundos de Ursula K. Le Guin.
– Enlace al discurso de aceptación del National Book Award. Muestra de su capacidad de crítica y sentido del humor.

Jo confesso.

La ressenya d’aquest llibre que ara fullege, i ja fa uns quants anys vaig llegir, la dec a ma mare. El plaer de la lectura compartida. Pàgina tu, pàgina jo. I més endavant, l’emoció del «has arribat quan…» «Ostres! No m’ho podia ni imaginar això!» Perquè hi ha res millor que comentar els detalls més minúsculs d’un llibre amb algú que estimes?

Tornant al llibre que tinc entre mans, i em sent temptada a rellegir (la memòria em falla, què li farem! I l’elecció de cada paraula, torna a semblar-me màgica), haureu de permetre’m que conte com em feia sentir un llibre del qual ja no en recorde la història, i com fou una presentació de llibre a la qual no vaig anar… com diu l’autor a la primera pàgina del llibre «però faré un esforç per no inventar gaire».

No et fiïs gaire de mi. En aquest gènere tan procliu a la mentida com és el record escrit per a un sol lector, sé que tendiré a caure sempre amb les quatre potes a terra, com els gats; però faré un esforç per no inventar gaire. Tot va ser així i pitjor.

Jo Confesso, Jaume Cabré.

Recorde la mare tombada al sofà. Repentinament tanca el llibre. Li pregunte «t’has cansat de llegir?». Però no. No vol acabar-lo. Jo confesso és un llibre que es reescriu conforme avança. En coneixes el desenllaç quasi des de l’inici. Però llitges el llibre com si volgueres evitar un final que coneixes. I, a més a més, vols assaborir cada paraula com si fos l’última.

De la presentació a la qual no vaig anar, en vaig traure la idea fantasiosa i fantàstica que el Cabré te un arxivador. Un d’aquestos menudets, per guardar fitxes en ordre alfabètic. I en ell hi te guardats tots els personatges que ha creat. I, a poc a poc, els va traient de l’arxiu i donant-los un lloc als seus escrits. M’encantava imaginar-me mini-personetes dins una caixa, com qui col·lecciona llavors.

I llegint-lo, em va sorgir el sentiment que Jo confesso és un puzle. Però no un de mil peces sobre una taula plena de pols. Un puzle dels que mous les peces fins trobar la combinació que t’obre l’interior, com un joc de lògica. Ho vaig descobrir quan, de sobte, vaig creure estar llegint el mateix fragment altra vegada. Passe ràpid les pàgines enrere. El mateix paràgraf. Les mateixes paraules en el mateix ordre. Però les peces no estan al mateix lloc. I aquestes mateixes paraules signifiquen un món diferent per a tu, que reconstrueixes la vida del protagonista.

Aquest és un llibre on cada paraula s’ha elegit amb cura, on cada oració és feta a mida. No n’has llegit res igual abans (ni després!). Una raresa. Una joia que fa por recomanar a un amic (i si no li agrada?). Però si trobes algú amb qui compartir-ne la lectura, serà segur, un record inesborrable.

Chimamanda Ngozi Adichie

Conocida mundialmente por su ensayo Todos deberíamos ser feministas, una adaptación de su charla TED de 2013, Chimamanda es mucho más que la mujer que puso, en pocas y sencillas palabras, el feminismo encima de la mesa.

Sus novelas, que al menor descuido te roban el corazón, abren las puertas de un mundo que muchas veces nos queda lejos. En ellas, Chimamanda nos presenta su país, Nigeria, en toda su complejidad y grandeza. Nos habla de la larga sombra del imperio británico, con el inglés como lengua de prestigio. Del desprecio a las tradiciones, que se vuelven primitivas, tribales incluso, indignas de una Nigeria Moderna. Pero también del orgullo, del amor a la tierra. Y de los que emigran para prosperar. De los que regresan y sólo encuentran desprecio a su paso (complejo de inferioridad a flor de piel). De los que se van para no volver.

Reivindicativa por naturaleza, Chimamanda no pierde la oportunidad de poner los puntos sobre las íes. En sus novelas, con mujeres fuertes que se abren paso hacia la libertad que necesitan. En su Instagram, con el proyecto «Wear Nigerian», subiendo solo fotos en las que viste ropa hecha en y por nigerianos. También defiende el pelo afro, alejando la idea de «dejadez» que durante años ha significado para las mujeres africanas llevar su pelo al natural, viéndose obligadas al uso continuado de abrasivos alisantes.

Pero volviendo a sus libros, sus historias fluyen lentamente, abrazándote, maravillándote. Y sin darte cuenta, te acercan a una cascada cuya caída te sacude y te golpea. Para luego recogerte en un final que vuelve lentamente a fluir. O al menos, así viví yo la cruda relación de Kambili con su padre en La flor púrpura, y los malentendidos entre Ifemelu y Obzine en Americanah.

Amaia Ascunce dijo en el podcast de Cristina Mitre que Americanah (y Chimamanda en general) era el libro que se le regala a alguien que no sabes si le gusta leer. Porque su lectura es fácil, pero su historia te atrapa.

Aún me quedan Medio sol amarillo y Algo alrededor de tu cuello por leer. Los guardo para un momento especial, como un superpoder. Y a la vez, les tengo respeto: sé lo que cuesta elegir un libro tras leer a Chimamanda. Nada parece estar a la altura de mi escritora favorita.