Blank, Irma Blank.

Miras. Distraída y desde lejos. Crees comprender lo que ves. Y entonces te acercas. Una sonrisa se te dibuja en la cara. La fascinación por lo que, pareciendo un simple garabato infantil, se perfila en un tejido entramado delicado, sutil. Sigues mirando aquellos finos hilos dibujados a boli. Como una tela vaquera hecha de vibrante tinta azul. Meses después, vi aquellas lineas rosa en anunciando la exposición de Irma Blank en Bombas Gens y supe que no me la podía perder.

I Am, Here I Am | Frieze

Tras las pesadas puertas de Bombas Gens la obra de Blank tiene su propia banda sonora. La aspereza de la pluma sobre el papel resuena y se vuelve un mantra. Un mantra que se repite sin descanso sobre papel y sobre lienzo.

«Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo» dijo Wittgenstein, y Blank, nos vacía de contenido ríos y ríos de tinta. Nos vacía el mundo, dejando tan sólo sus pilares: las palabras. Reduciendo las palabras a tan sólo un sonido sobre el papel. El lenguaje ya no teje nuestra realidad. Se vuelve ejercicio, ritual. Las palabras, desconocidas, se superponen creando una realidad que se nos niega, nos excluye y al mismo tiempo nos integra en el sonido de la pluma sobre el papel, en ese olor a libro viejo que se esconde tras el cristal.

Irma Blank nació en Alemania, en 1934. En 1955 se traslada a Italia, donde el choque cultural y lingüístico la empujan al estudio del lenguaje, las palabras y símbolos. La palabra, con su significado exacto, que encorseta y limita la comunicación se vuelve la idea central de su obra. Blank quiere «salvar la escritura de la esclavitud del sentido» y trata por todos los medios de encontrar un punto de partida diferente, una página en blanco.

La minuciosidad obsesiva de su trabajo salta a la vista, de pared en pared. De papel a espejo, de tinta al óleo o la acuarela. La octageneria desembarca por primera vez en España, sigilosa pero innegable. Con el aplomo de una vida entera dedicada al estudio y la creación. Como muchas, ha disfrutado de la plenitud creativa alejada de los focos. El reconocimiento ausente, hasta que, disfrutada la vida entera, ya no hay opción a malograrse. Y, ahora sí, calidad asegurada (muerte próxima, obra completa), es merecedora de la atención y la buena crítica. Quizá algún día apostemos fuerte por mujeres jovenes. Nos arriesguemos a aplaudir a quién pocos años despúes pierda su fuerza (o rescatemos de la miseria la próxima gran artista). Mientras tanto, disfrutaremos de nuestras octagenarias.