Elaine de Kooning.

Elaine fue una mujer libre cuya personalidad arrolladora la convertía sin esfuerzo en el centro de atención allá donde iba. Artista, profesora en múltiples universidades, organizadora de múltiples protestas (contra la pena de muerte, por los derechos civiles, feminista…), retratista de Kennedy, crítica de arte… Trabajadora incansable, sobresalía en todo cuanto hacía. Fue también el espejo en que se miraron las mujeres de la siguiente generación del expresionismo abstracto.

Sentada en el metro, con sus gruesos manuales de universidad sobre las rodillas. Así es como la imaginamos en su juventud. Pero Elaine había abandonado la universidad. Decidida a ser pintora, viajaba en metro de casa a la Leonardo Art School. En cambio, su curiosidad insaciable le impedía abandonar aquellos libros.

Desde muy pequeña su madre le había impuesto una educación muy estricta. Elegía minuciosamente sus lecturas y la llevaba a museos donde copiar obras clásicas. La pequeña Elaine creció creyendo que las mujeres podían llegar tan alto como los hombres. Su madre, ante todo, quiso enseñarla a ser libre.

Pero la libertad es un jarabe amargo. Elaine y sus hermanos lo descubrieron cuando, denunciada por sus vecinos, la madre fue internada en un psiquiátrico. Desatender las tareas propias de tu sexo tiene un precio, en los años 20 era el manicomio.

Y Elaine aprendió la lección. Decidió ser libre y jamás dejarse atrapar. A partir de este momento vivió su vida según sus propias normas.

Tras terminar su aprendizaje en arte clásico comenzó su formación real-socialista en la American Art School, asociada al partido comunista. En esta época conoció a su inseparable amiga Ernie y poco tiempo después al que se convertiría en su marido, Bill de Kooning.

De Bill recibió clases de pintura que la introdujeron en la abstracción. Enamorado de ella, Bill la presentó a sus amigos. Junto a Gorky (amigo inseparable de él), pasearon incontables museos descubriéndole a la joven Elaine que no había que estar muerto para exponer en uno de ellos. En 1939 cuando ella alcanzó la mayoría de edad (21 años) abandonó el tranquilo hogar familiar en las afueras para vivir en Chelsea con Bill.

Chelsea la enseñó a vivir sin roles por lo que no es de extrañar que ni siquiera tras casarse con Bill el año 1943 aprendiese a cocinar: no estaba entre sus prioridades. No se dejó absorber por «la vida de casada». Extrovertida como era siguió haciendo nuevos amigos, cultivando nuevas pasiones y construyendo una vida al margen de Bill. Una de estas relaciones fue con Edwin Denby, crítico del Herald Tribune, quien la llevaba al ballet siempre que le sobraba una entrada.

Edwin la enseñó a escribir y desarrollar su propia voz. Gracias al aprendizaje que hizo con él, pocos años después comenzaría a trabajar como crítica de arte para Tom Hess en ARTnews. Quién mejor que una pintora para explicar qué era el expresionismo abstracto. Visitó innumerables talleres de artistas, y llegó a convertirse en una figura central del mundo del arte. Sin su trabajo, jamás se hubiese popularizado la llamada «escuela de Nueva York».

Las convenciones sociales y los chismorreos no la detuvieron cuando decidió centrar su trabajo en el retrato de hombres. Tampoco cuando antepuso su carrera a la maternidad y decidió abortar. Bill fue siempre su familia, su refugio, su apoyo incondicional. Pero amantes… amantes tuvo cuantos quiso, sin que ninguno de los dos se planteara nunca disolver su matrimonio. En cambio, el alcoholismo de Bill sí los distanció, y supuso para Elaine una señal de que debía centrarse en su trabajo, etapa que culminó con su primera exposición en solitario el año 1954 en la Stable Gallery.

Además de por sus enérgicos retratos, Elaine es conocida por su serie de abstracciones a partir de imágenes deportivas y por sus coloridos cuadros acerca de las corridas de toros que presenció en México.

El encargo más importante de su carrera llegó sin duda cuando le fue requerido retratar a Kennedy, que fue asesinado mientras ella trabajaba en su cuadro. La muerte de JFK conmocionó a Elaine.

Estuvo un año sin pintar y empezó a consumir alcohol de forma preocupante. Pero su hermana la hizo reaccionar antes de que el problema llegase a mayores. Elaine renació de sus cenizas con un nuevo proyecto: ayudar a Bill a superar su alcoholismo. Después de muchos años distanciados, enfrentaron el final de sus vidas juntos (y sobrios). Elaine falleció de cáncer de pulmón a los 70 años, dejando atrás un Bill vacío de recuerdos y un legado imborrable.

Ninth street women.

«Cuando comencé a leer este libro, tan sólo me sonaba el nombre de Lee Krasner. No sabría decir con exactitud cómo ese nombre llegó a mí. Conocía a Pollock desde hacía poco: acababa de leer «¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno» de Gompertz. Y es cierto que Gompertz dice literalmente «…junto a su esposa la también artista Lee Krasner» pero como podéis imaginar, aquella frase resbaló por mi memoria y acabó en la basura. «

Ninth Street Women: Lee Krasner, Elaine de Kooning, Grace Hartigan, Joan Mitchell, and Helen Frankenthaler: Five Painters and the Movement That Changed Modern Art.

Cuando comencé a leer este libro, tan sólo me sonaba el nombre de Lee Krasner. No sabría decir con exactitud cómo ese nombre llegó a mí. Conocía a Pollock desde hacía poco: acababa de leer «¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno» de Gompertz. Y es cierto que Gompertz dice literalmente «…junto a su esposa la también artista Lee Krasner» pero como podéis imaginar, aquella frase resbaló por mi memoria y acabó en la basura.

Es un libro largo. 700 páginas de historia acompañadas de otras doscientas de bibliografía, fotos, etc. Como si de una tesis doctoral se tratara todo está bien referenciado y respaldado con datos: nada queda a la imaginación o la literatura. Pero al mismo tiempo es fluido, ligero, emocionante. Una reconstrucción perfecta con el mejor dolby surround.

Mary Gabriel no ha separado la nata del bizcocho. Mary Gabriel ha cogido el trozo entero del pastel. No habla de 5 mujeres del expresionismo abstracto, reescribe LA historia. Porque es imposible hablar de Pollock sin entender a Krasner. Igual de imposible que entenderlos a todos sin comprender el momento histórico y social.

Este libro nos presenta mujeres brillantes, jóvenes, que marcan una época y definen los términos en que quieren vivir su vida. Beben, fuman, pasan del momento ausonia (véase «fina y ligera»), se acuestan con quien quieren y sobre todo pintan. Pintan sin descanso. Rompen los esquemas y redefinen los estilos.

Pero también son de carne y hueso. Sufren. Se enamoran. Caen en relaciones tóxicas que las consumen. Y, pese a su absoluta libertad y fuerza, viven momentos en que inevitablemente su género las define. Deben afrontar la maternidad o la ausencia de ella. Las expectativas de aquellos que esperan que sean esposas convencionales. La responsabilidad de los cuidados de padres, hijos o maridos enfermos.

Son mujeres. Y no tienen la tarjeta del Monopoly «Quedas libre de la cárcel». El mundo no se rinde a los pies del «gran artista». Son mujeres… Y aún así no se doblegan. Ante el silencio de la crítica. Los chismorreos sobre su vida. El hambre o la falta de reconocimiento. Siguen pintando. Porque esa es su misión. Y su legado.

Un imprescindible. Debería haber un libro como este de cada pequeño periodo de la historia. Un libro del que empaparse. De los que al terminar quieres volver a leer. También el punto de partida para los próximos posts de este blog: muchas grandes mujeres que conocer… ¿os las vais a perder?