Camille Claudel.

Conocía poco la historia de amor entre Camille Claudel y Auguste Rodin, pero si debo hablar de Camille Claudel, la suya…. la suya no es una historia de amor, sino de polvo y frío. La historia de Camille es una historia como la de muchas otras: de críticas feroces, de cómo familia y amigos le dan la espalda a una mujer independiente por su rebeldía, por su tesón, por su talento… por no ser la mujer que todos esperan de ella.

Paso las hojas llenas de polvo y me doy cuenta de que aún no estoy preparada para despedirme de este libro. No lo he leído. No he tenido tiempo. Pero su objetivo, familiarizarme con la obra de Claudel, lo ha cumplido con creces. Su biografía, en cambio, sí la devoré y espera el momento de ser devuelta a la biblioteca reposando en mi mesita desde hace días. Hago fotos del catálogo como tratando de retenerlo cerca. Fijarlo en la retina. No olvidarlo. El polvo del libro me transporta a su pelo encanecido por el yeso.

Claudel fue una niña cubierta de barro: barro en sus zapatos de correr monte arriba y barro en sus manos de modelar hasta la caída del sol. Niña de convicciones férreas transportaba sacos de tierra a escondidas de su madre desde la casa familiar en el pueblo al piso en una pequeña ciudad.

Camille tuvo en su padre el gran apoyo de su infancia. Ese padre que la invitó a soñar, a volar, a dejar libre su creatividad, ese padre que dio todo porque ella triunfase, porque llegase a ser la gran escultora que fue. En su hermano encontró ese gran compañero de batalla, siempre en eterna guerra, siempre dispuestos a guerrear entre ellos y juntos contra todo y todos. Para su madre fue siempre aquella mancha. El vestido polvoriento y dañado. Para su hermana, aquella mujer de la que avergonzarse. El manchurrón en el historial familiar.

La familia se trasladó a París, donde Camille comenzó a estudiar escultura y pronto fue acogida bajo las alas del escultor Auguste Rodin. Pronto se distanció de sus compañeras, para las que la escultura era tan sólo un pasatiempo, estando más interesadas en la vida en sociedad que en el barro y el yeso. En el taller de Rodin se sumergió en un mundo de hombres, la única escultora entre testosterona, polvo y mujeres desnudas. Blanco de burlas, una vez más, ella tan sólo siguió esculpiendo.

Rodin vio en Claudel la gran artista que podría superarlo. Y siempre temió quedar ensombrecido. Atraído por aquella mente, la única capaz de seguirle el ritmo, de entenderlo, de sacarlo de sus bloqueos creativos se convirtieron en amantes. Pero fueron siempre, ante todo, compañeros de trabajo.

La conexión entre ellos fue imposible de disimular y pronto la madre de Claudel no pudo soportar más su vida de libertad y libertinaje. Enfurecida por aquella hija que no traía sino rumores y desgracias a la familia, la echó de casa con cajas destempladas. Camille se refugió en la escultura. Pasó las noches esculpiendo en una vieja casa cochambrosa que Rodin alquiló para ella.

Como cualquier triángulo amoroso, aquella relación se convirtió en un vals de idas y venidas. Tan pronto Claudel desfallecía tallando obras para Rodin, como llena de furia se recluía en su trabajo y lo desafiaba con alguna de sus geniales obras. Camille quiso siempre y ante todo, esculpir. Vivió siempre atrapada entre aquellos encargos comerciales que le quitaban tiempo de desarrollar su creatividad y le garantizaban comida y un techo bajo el que vivir, y la obra que le daba la vida.

Camille Claudel fue una mujer culta, que leyó cuanto libro pasó por sus manos. Siempre ávida de transportar cualquier idea a un bloque de piedra. Trabajó cada hora de luz que le permitía el día, y leyó bajo las velas esperando el siguiente amanecer. Rechazó comida caliente por disponer de yeso o mármol hasta que el cansancio y el hambre se apoderaron de su ser.

Siempre alumna de, hermana de. Siempre vigilante de que alguno de los ayudantes que a duras penas podía permitirse malograra alguna de sus piezas. Así fue como la extenuación, el hambre y la deshonra un día cualquiera la llevaron directa al manicomio durante los siguientes 30 años de su vida. Con una lucidez abrumadora le suplicó a su hermano en múltiples cartas que la sacara de allí. Le habló del frío, del hambre, de los malos tratos. Nunca fue escuchada.

Hondalea. Cristina Iglesias.

La noticia acerca de la intervención de Iglesias en el faro de Santa Clara en Donostia, Hondalea, apareció de la nada mientras organizábamos un viaje a Navarra. Con la excusa de unos buenos pintxos y un buen vino, arrastré a mi familia hasta allí. No era la primera vez. Tengo la gran suerte de que, vino mediante, me siguen al fin del mundo: son una buena tribu.

No saqué entradas. La improvisación y el turismo están bastante reñidos, así que nos limitamos a disfrutar de una porción de tarta de queso de La Viña sentados en un banco frente al museo San Telmo. Tras pasear la ciudad y disfrutar sus pintxos y zuritos en el casco antiguo, nos merecíamos aquel momento de descanso. Levanté la mirada de mi porción de tarta un instante y lo vi: un cartel enorme anunciando una exposición del trabajo preparatorio de Cristina Iglesias en la creación de Hondalea. No estaba preparada.

Conocía algunas de sus instalaciones: habitaciones vegetales que simulaban grandes laberintos, cubos espejados que se fundían entre los árboles de un bosque, celosías que creaban estancias,… Había buscado su obra mil veces en Google. Había leído acerca de sus litografías sobre cobre, pero las imágenes de dudosa calidad que se encuentran en internet me impedían siquiera hacerme una idea.

Serigrafías. Ácido sobre cobre. Cristina Iglesias. 2021.

El San Telmo reserva una pequeña sala para Iglesias y Hondalea. Nada más entrar, llama la atención la «piscina de cemento» en que reposan las rocas de bronce creadas por la escultora. El agua sigue el ritmo de la marea y crea un suave ronroneo que te acompaña por la sala. Dibujos preparatorios, vídeo de la visita al faro, y unas acuarelas maravillosas. A mi espalda las serigrafías en bronce y cerrando el círculo seriagrafías sobre papel a distintas tintas.

Cristina Iglesias ha recibido, entre muchos otros, el premio nacional de artes plásticas y la medalla de oro al mérito en las bellas artes. Su obra pobla el mundo creando espacios mágicos donde nada es lo que parece y todo nos devuelve un reflejo.

Hondalea. Abismo marino. Las traducciones son odiosas, pero el rugido del mar no deja espacio a la duda. El bronce se viste de roca y deja paso al agua que se cuela por todos sus recovecos y rincones. Nos faltó el pequeño viaje en barco hasta Santa Clara y subir el camino serpenteante hasta el faro. Tal vez pronto, con un buen vino de por medio….


Magdalena Abakanowicz.

La primera vez que entré en contacto con la obra de Magdalena Abakanowicz ni siquiera sabía quién era ella. Fue hace unos años en una visita a la Tate Modern. Recuerdo entrar en una sala inmensa. Blanca. Con lo que a simple vista me parecieron sacos de patatas gigantes, ocupando la sala aunque permitiéndote circular entre ellos. Inmediatamente el efecto de la escala se apoderó de mí. No eran lo suficientemente grandes como para sentirte un habitante de Liliput, pero sí como para desencadenar en mí muchas preguntas.

Para entender quién fue Magdalena Abakanowicz, debemos retroceder unos años antes de su nacimiento.

Durante la primera guerra mundial, en el año 1917, se produjo la llamada Revolución Rusa, que forzó a que la familia de Abakanowicz, polacos de origen noble, huyeran de Rusia hacia Polonia. Tres años después, al no estipularse con exactitud los límites de la frontera en el tratado de Versalles (con el que se puso fin a la Primera Guerra Mundial), Polonia quiso recuperar sus territorios del siglo XVII y los soviéticos los perdidos durante la gran guerra. Esto derivó en la invasión rusa de Polonia, que una vez más, forzó a la familia de Abakanowicz a abandonar su casa.

Diez años después, en 1930, nació Magdalena. Con tan sólo 9 años se desplazó con su familia a las afueras de Varsovia, donde sobrevivieron a la segunda guerra mundial (y a la invasión y ocupación nazi del país). Al terminar la guerra Polonia quedó bajo control soviético, y se impuso el social-realismo como el único tipo de arte aceptable, pero Magdalena no se ciñó a estas obligaciones.

Como muchos otros artistas polacos contemporáneos suyos Abakanowicz fue instruida en el arte textil: uno de los grandes pilares que sustentan su obra. Aunque comenzó su carrera como artista realizando pinturas biomórficas: peces exóticos, plantas imaginarias, etc.; a partir de los años 60 comenzó a realizar las esculturas de gran formato que le dieron la fama: los abakans. Fueron la escasez en un país devastado por la guerra, y un interés genuino en la escultura, los que hicieron que Magdalena comenzara a crear esculturas a partir de elementos naturales como resinas y tejidos.

Imágenes de la obra de Magdalena Abackanowicz ©

Durante toda su vida luchó por desmarcarse del concepto de artesanía en que se incluían las artes textiles, buscando que su arte fuese reconocido como «de primer nivel». Fue esta lucha por dotar de entidad propia a sus obras lo que la separó de forma irreconciliable del movimiento feminista. El feminismo trataba de reivindicar el arte decorativo textil como expresión artística, quería dotar de valor aquello que formaba parte del ámbito privado de la vida de las mujeres. Abakanowicz estaba concentrada en escribir su arte con mayúsculas.

Pese a ser conocida internacionalmente, no fue hasta que empezó a crear sus figuras humanoides (y su fundición posterior en bronce) que recibió reconocimiento más allá del ámbito textil. Falleció el año 2017 a los 86 años, habiéndose convertido en una de las artistas polacas de mayor repercusión internacional y una de las figuras más importantes de la escultura de la segunda mitad del siglo XX.


Enlaces de interés:
http://www.abakanowicz.art.pl/
https://en.wikipedia.org/wiki/Magdalena_Abakanowicz
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