Cecily Brown.

Descubriendo a Brown.

Compré el libro porque se acababa de publicar. Esperé, de hecho, a que saliera a la venta. Me llegó a casa

Teenage wildlife 2003. Cecily Brown.

en un momento de máximo estrés y trabajo. Un primer vistazo me sorprendió. Creía conocer las obras desdibujadas de Cecily Brown. Su Instagram me mostraba casi a diario cuerpos entrelazados y brochazos enérgicos. Conocía, en parte, su método de trabajo: había escuchado su entrevista con Kate Hessel. Así que la gran cantidad de penes y vaginas juntándose, separándose, fluyendo de unos a otros que me esperaban entre las páginas del libro me sorprendió.

No ha sido hasta 5 meses después de aquél primer encuentro que me he decidido a leerlo. Pese a su tamaño poco portable, lo he llevado en el bolso durante semanas. Leyendo a escondidas en el metro, como quien lleva la Playboy encima y finge leer los artículos. Escuchando una entrevista para el Lousiana Channel en YouTube, me imagino leyendo en el metro como la pequeña Brown miraba libros de Francis Bacon, a escondidas de su madre.

Su carrera

Cecily Brown es una artista británica afincada en Nueva York. Su proceso de formación artística estuvo marcado por la necesidad de justificar y defender sus elecciones. Rechazar medios e instalaciones más modernos a favor de la pintura al óleo, o permanecer a caballo entre figuración y abstracción cuando parece haberse hecho ya todo en ambos ámbitos… Su carrera despegó a pesar de la opinión de muchos. Rodeada de crítica misógina que la acusaba de usar su sexualidad como marketing, Cecily

We didn’t mean to go to the sea. 2018, Cecily Brown.

Brown se hizo un hueco en el mercado y en los museos.

Sus cuadros no son de lectura fácil. Hipnóticos a simple vista esconden referencias culturales en sus múltiples capas de pintura. Desentrañar expresiones, matices de color, y alegorías puede resultar como el más difícil problema matemático. Y quizá esa es su magia. Ser como una buena cerveza fría: que a todos gusta, y permite a sibaritas convertir un placer terrenal en uno intelectual. Tostada. De trigo. Con aroma a miel, las redondeces de Rubens o los verdes de Monet.

En septiembre de 2020 Brown expuso en el palacio Blenheim, convertido desde 2014 en lugar de exposición de los más grandes artistas de nuestro tiempo: Ai Weiwei, Jenny Holzer o Maurizio Cattelan (cuya instalación de un váter de oro macizo revolucionó la prensa, pero no más que su posterior robo) entre otros. Además fue la primera en crear sus obras expresamente para el lugar. En plena pandemia y sin poder viajar desde su residencia en Nueva York a Blenheim para la instalación de las obras. El maridaje entre las obras clásicas del palacio barroco, la historia de las paredes que vieron nacer al presidente Winston Churchill y las impresionantes obras de Brown fue perfecto.

Brown, para pesar de muchos, se ha convertido en una de las artistas contemporáneas con mayor proyección internacional. Sin renunciar a nada. Sin perder un ápice de libertad.

Mona Hatoum.

Mona Hatoum es una artista británica nacida en Líbano. No. Una artista palestina residente en el Reino Unido. Sus padres abandonaron Palestina, huyendo de la guerra, pocos años antes de que ella naciera. A sus 23 años, la guerra estalló en el Líbano. Hatoum se encontraba entonces en Londres, de viaje de estudios, y la guerra la atrapó en aquel país extraño que se convirtió en su hogar. Su obra está marcada por la amenaza de lo cotidiano. La guerra latente bajo la superficie, esperando hacer saltar la vida por los aires. Su vida. La de ellos. Pero también la nuestra. La tuya. La mía. Pero yo no sabía todo esto cuando fui a ver su exposición en el IVAM.

Había visto aquella esfera con luces rojas de neón dibujando el contorno de los continentes. Como una lámpara infantil, inocente, pero mucho más grande y…¿amenazadora? La había visto. No conocía mucho más, pero tampoco sentía la necesidad. Aún así, tener una exposición mujer artista de este calibre tan cerca de casa y no ir… me parecía impensable.

Atravesé las puertas tintadas que daban paso a la exposición y lo que vi me hizo sonreír. Me acerqué a la cartela y la explicación me conmovió. Me encontraba ante un montón de vigas de acero. Pero no se me escapaba que aquello no era tan solo acero. Una ciudad en miniatura se encontraba atrapada en aquella sala. Al instante miles de imágenes me vinieron a la cabeza. Secciones de edificios tras la caída de una bomba. Agujeros de metralla. La cartela le puso nombre a lo que veía: la ciudad natal de Mona Hatoum. Una ciudad herida por la que pasear. Sin el polvo, la sangre y los gritos: limpia. Como una radiografía que muestra la fractura pero no la herida.

Seguí avanzando y me encontré un botiquín. Brillante y colorido. Lleno de granadas de mano de cristal de Murano. Preciosas y frágiles. Me di la vuelta y un mosaico de pequeñas losetas en el suelo llamó mi atención. Cada pequeña loseta, hecha de aceite de oliva, tenía pintado un mapa. Una vez más la cartela me dio la clave: los límites del territorio palestino el año 1947. Como pequeñas islas indescifrables. Borradas por el mar. Ignoradas por Israel y el mundo.

Entendemos el mapa geopolítico como algo estable. Estudiamos listados de nombres de países con sus capitales. Y el cambio constante nos pasa desapercibido. El movimiento de placas tectónicas, las guerras, el cambio climático. Quizá el aleteo de una pequeña mariposa. Todo puede cambiar los mapas tal y como los entendemos. A mi espalda, un mapa hecho de canicas de cristal. Susceptible a las vibraciones de los pasos de los visitantes y el tráfico de la ciudad a pocos metros. Cambiando poco a poco, sin que nos demos cuenta.

La esfera inmensa con las luces de neón. Un mapa de la proyección de Peters. Literas vacías. Y de repente un rallador inmenso. Amenazante. La idea absurda, casi surreal, de rallar personas en esos inmensos artilugios de dos metros. Sentirte como un tomate maduro sobre el banco de la cocina. Como la idea, surreal, de que tu casa no sea más no sea un sitio seguro, sino una diana más, en un tablero de juego fuera de tu control.

Cierro la exposición con ese mágico cubo flotando a diez centímetros del suelo. Bonito. Mágico. Que cuando te acercas revela que la realidad está hecha de otra pasta. De concertina. Y que nada, nada, es lo que parece. Marcho a casa con muchas reflexiones en el bolsillo y ganas de googlear una gran artista. Mona Hatoum.

Alfonsina Storni

La poesía no es lo mío. Quizá porque nunca le he dado la oportunidad. Y de Alfonsina Storni, tan sólo conocía la canción «Alfonsina y el mar». Es decir, nada. Hago unas búsquedas rápidas en google, pronto se repiten frases que llaman mi atención. «Una profunda tristeza fruto de la pérdida de un amor la llevó al suicidio». «…nunca se recuperó de aquella agresión (le extirparon un tumor metastásico en un pecho), sentía su cuerpo mutilado, se reconocía incompleta, lo cual la hundió en una tremenda depresión que la acompañó los últimos años de su vida». «Se consideraba un hombre dentro de un cuerpo de mujer».

Cae en mis manos una antología prologada por Marilyn Bobes. Marilyn me presenta una Alfonsina que se rebela contra la falta de libertad que asfixiaba lentamente a las mujeres de inicio de siglo. Atrapada algunas veces entre la expresión sin tapujos de sus amores y su sexualidad, que la convierte en una «comadrita chillona» (como la definiría Borges); y obras más intelectuales y cerebrales, impropias de una mujer.

Pero no sólo encontramos crítica social en sus poesías. Alfonsina escribía frecuentemente artículos para distintas revistas y participaba en colectivos anarquistas y sufragistas. Su gran carisma, réplica rápida y mordaz la convertía a menudo en el centro de todas las atenciones. La leyenda del hombre atrapado en el cuerpo de una mujer seguramente procede de una conferencia en Buenos Aires donde dijo que su mayor fracaso había sido no poder convencer a los que la rodeaban de que «por tener un cerebro masculino, tenía derecho a vivir la vida con la independencia, la dignidad y el decoro con que puede vivirla un hombre normal».

Buscando una visión más completa de la vida y obra de la poeta, leo la biografía escrita por Josefina Delgado. Alfonsina nació en una familia con formación y dinero. El alcoholismo y la profunda depresión de su padre lleva a la familia a una pobreza casi absoluta, que sigue tras su temprana muerte. Alfonsina crece con el recuerdo de los lujos perdidos, desatendida en una familia ocupada primero en la salud de su padre y en ganarse el pan después. Sus conocidos la recuerdan ya desde pequeña muy exigente consigo misma, demasiado susceptible a la crítica, empeñada en impresionar aunque para hacerlo tuviese que inventarse mil mentiras. Mi mente de médico ya perfila los predisponentes biológicos, sociales y psicológicos y me sorprende aún más que se hable de un «suicidio por amor» en alguien con tal predisposición a padecer una enfermedad mental.

Alfonsina crece, y poco a poco encauza su vida, aunque la pobreza no termina de abandonarla nunca. Tras formarse como maestra y después de muchos trabajos variados y simultáneos, de mayor o menor «respetabilidad» para la época, por fin publica su primer libro de poemas: La inquietud del rosal. Madre soltera de un niño de 4 años, es despedida de su trabajo tras la publicación de este «inmoral» poemario. Pero este libro impropio de una mujer, le abriría las puertas de los círculos literarios de Buenos Aires. Gracias a él conseguiría, por fin, la estabilidad y el apoyo que tanto buscaba.

En este círculo conocería, entre otros muchos, a Horacio Quiroga, ese «gran amor» por el que algunos dicen se suicidó. Fueron amigos hasta el momento de la muerte de él, cuando en el año 1937, a causa del cáncer de próstata que padecía, se suicidó. Si en algún momento existió una relación amorosa entre ellos, sin duda fue mucho tiempo atrás. Antes de que en 1925 él decidiese marcharse a Misiones y ella no quisiera acompañarlo. Dos años después de marcharse, él se casaría con una amiga de su hija.

Pero volviendo a Alfonsina, en sus cartas son constantes las referencias a su estado de salud. A la neurastenia (fatiga ante esfuerzos intelectuales o físicos) que la acompañaba desde siempre, se suman obsesiones que no la dejan vivir: se siente observada y perseguida todo el tiempo. Su salud mental, un poco precaria, no hace sino empeorar tras ser operada de un tumor en el pecho. Sus obsesiones la obligan a dormir con un revólver en la mesita de noche, no deja que su hijo la bese y desinfecta meticulosamente todo cuanto ella toca.

Con 46 años Alfonsina publica su último libro, Mascarilla y Trébol. En él aborda una pérdida de vitalidad o decadencia que muchas veces se ha interpretado como el dolor que le produjo la pérdida de Horacio, en vez de como lo que probablemente fue: una mujer entrando en la menopausia y sufriendo una enfermedad incurable que ve el fin de su fertilidad asociado al fin de su capacidad productiva. Sabiéndose una muerte cercana, trabajó incansable en este último poemario y en una antología de sus obras. No debe pues sorprendernos que tras poner en orden su trabajo y despedirse de muchos de sus amigos, se retirara a descansar y, finalmente, martirizada por los intensos dolores que padecía se lanzara al mar.

Una vez más la leyenda, real o no, se apodera de la obra de una mujer. Como si el morbo estuviese por encima del arte. O como si el cómo, fuese más importante que el qué.

Alexandria Ocasio-Cortez.

La primera vez que oí hablar de Alexandria Ocasio-Cortez fue en enero de 2019, cuando fue noticia por llevar pendientes de aros y los labios pintados de rojo en el juramento de su cargo como congresista de los Estados Unidos. La congresista más joven de la historia de EE.UU., elegida a los 29 años.

También había oído hablar de ella como componente de «The Squad», un grupo de mujeres congresistas (Rashida Tlaib, Ilhan Omar, Aynna Pressley y Alexandria misma) que no dudan en plantarle cara a Trump. Mujeres valientes, fuertes, decididas que rompen el modelo «Hilary Clinton» de mujer política por su edad, su raza, o su religión.

Así que el documental de netflix A la conquista del congreso, llamó rápido mi atención.

Lo curioso de Alexandria es que, al igual que las otras mujeres del documental, no formaba parte del partido Demócrata antes de presentar su candidatura a las primarias. Es elegida por una organización llamada «Brand New Congress» cuyo objetivo principal es regenerar la política americana. Ayudar a «personas normales» a hacer políticas en beneficio de la gran mayoría trabajadora del país. Apartar del poder a personas (hombres, blancos, ricos, heteronormativos) que llevan años acaparándolo y que han perdido el interés en defender los derechos de los americanos de clase media/trabajadora (o quizá nunca lo han tenido).

Netflix nos presenta a Amy Vilela (una madre de Nevada, cuya hija murió como consecuencia de no tener seguro médico), Cori Bush (en lucha contra el racismo desde la muerte de Mike Brown a manos de la policía en 2014), Paula Jean Swearengin (hija de una familia minera en West Virginia, en lucha contra la contaminación en la zona que provoca muertes y enfermedades en todos sus habitantes) y Alexandria Ocasio-Cortez (camarera y barista del Bronx, hija de una trabajadora de la limpieza). Todas ellas decididas, valientes, pero sólo una de ellas lo logró. «Para que una entre, tienen que intentarlo cien» diría la propia Alexandria, poco antes de ganar, ante la derrota de una de sus compañeras.

Al final del documental Ocasio-Cortez comenta que le preocupa el cinismo que puede generar una derrota en un proyecto de este tipo. Cuando lo que demandas es atención sanitaria universal y gratuita, luchas contra el racismo o quieres proteger a tu gente de una muerte segura por contaminación del aire y el agua… Cuando lo que demandas es tan elemental y se te niega… ¿cómo seguir creyendo que un cambio es posible? Por eso la historia de Alexandria me parece tan inspiradora. Porque demuestra que es posible. Aun que haya que intentarlo 100 veces y fracasar.

B.

Amanece un día gris, apagado, que en lo que tardo en hacerme un café se revuelve con violencia y moja nuestras ventanas. Decido darle color al día buceando entre nuestras artistas B. (¿No sabéis de qué hablo? Id a leer la entrada A., os espero.)

Absorta entre sus imágenes y tratando de imaginarme sus vidas cuando leo sus breves biografías, se me enfría el café.

La mañana vuela y desaparece, pero cada artista deja a su paso una estela brillante: «minimalista, inflexiblemente abstracto y austero», «función destructiva anulada», «antimonumentales», «sobrio drama de opulencia y sofisticación», «grupo de la Cripta», «frottages», «utopía sionista a la inversa», «planos vacíos y genéricos», «riesgo de salir volando», «diario que su familia sacó a la luz póstumamente», «cómo pintar albaricoques», «colocadas en función de su color de pelo», «los brazos se fusionan», «anishinaabe», «relieves totémicos», «círculo elitista», «pornografía, ironía e utopía», «desperdicios cotidianos», «instalación envolvente», «superheroína», «malformación», «ropa masculina», «desigualdad de género», «escombros», «se truncó trágicamente», «invisible, desconocido», «humor subversivo», «cámara de gas, cadáveres y supervivientes», «ensamblajes», «tiza y pastel», «purga comunista», «pantalla verde», «figura andrógina», «lo explicito queda velado», «resistencia pasiva» y «látex líquido».

Os dejo dos líneas temporales, para que como yo, os perdáis entre ellas en este día de lluvia.

Linea temporal B.
Línea temporal acumulada (A+B)

Mujeres artistas.

¿Por qué hablar de mujeres artistas? ¿Por qué tomarse la molestia?

En mi búsqueda interminable de referentes, de espejos en que probarme vidas distintas, no podían faltar las artistas. Pero de pronto me surgió una pequeña duda que amenazaba con dinamitarlo todo: ¿si estas mujeres no son conocidas, quizá es que su trabajo no era lo suficientemente bueno?

En seguida surgen mil excusas y disculpas. Tenían más dificultades para acceder a una buena formación, menos recursos para hacerse con pigmentos de la mejor calidad, menos apoyo social y familiar (muchas empezaban su formación en el taller de su padre y lo abandonaban al casarse). Es natural que fueran artistas menores. Además, muchas veces eran obligadas a dedicarse a géneros considerados menores (bodegones, flores, escenas domésticas..) y en pequeños formatos1. Pero espera un momento, ¿no están los museos llenos de obras de artistas menores hombres?

En su libro «Las olvidadas» Ángeles Caso hace la siguiente reflexión: grandes genios de la pintura, personas excepcionales cuyo arte sobresale al de sus coetáneos hay muy pocos. Muy muy pocos hombres. Y es lo normal. ¿Por qué entonces juzgamos a las mujeres, como colectivo, porque la mayoría de ellas no fueran sobresalientes?

Por otro lado, muchas de las obras de estas mujeres fueron erróneamente atribuidas (pese a estar firmadas) tanto a sus maestros, artistas de gran reconocimiento, como a pintores de su época. Así algunas obras de Frans Hals o Rembrandt eran en realidad de Judith Leyster (discípula de Hals)1. Obras de Tintoretto eran en realidad de su hija Marietta Robusti2. Obras de Sofonisba Anguissola se atribuyen a su coetáneo Sánchez Coello. Obras de Artemisia Gentileschi se atribuyen a su padre Orazio. La lista no acaba. Pero, ¿si tu obra puede pasar por ser de Rembrandt… cómo vas a ser una artista menor?

Es difícil justificar la autoría de una obra cuando no existen «recibos» por la venta de las mismas. Pero claro, si recordamos que recibir pagos en la época te equiparaba con ser una puta… Que como mis cuadros son tan buenos, tu me harás un regalo de gran valor. Pero de eso no quedará constancia.


1.- «Las olvidadas» de Ángeles Caso
2.-https://mujeresmirandomujeres.com/medievales-barrocas-renacentistas-tal-dia-como-hoy/

Virtuosa.

Se hacen las 20:00 y todos salen a sus ventanas a aplaudir. ¡Fíjate! El señor mayor del tercer piso no sale hoy, ¿estará enfermo? Quién sube, quién baja, quién hace cola en la farmacia. En esta reclusión, las calles nos han dado mucha vida.

Pero, si eres mujer, asomarse a las ventanas es considerado prueba de escasa virtud1. O al menos si eres mujer en el siglo XVII. La virtud, algo fundamental, cubrirá de celosías tus ventanas, dictará cómo vistes, cuándo y cuánto puedes pisar la calle e incluso a qué dedicas tu tiempo libre.

Cómo visten las mujeres es incluso un asunto de gobierno, de hecho se registran quejas al rey1: ¡las mujeres van tan tapadas que intento aprovecharme de una y resulta ser mi hermana! ¡Qué falta de autocontrol caballeros…!

Así que encerrada en tu casa (a salvo de asaltos y murmuraciones), pasas el día leyendo. No. Espera. Si te lo puedes permitir (porque con el precio de una novela recién publicada, se alimenta una familia dos semanas2), quizá tu esposo no esté de acuerdo.

Leer la biblia te convierte en una esposa más devota, fiel y en definitiva mejor. Así que pensando en tu futuro, quizá de niña tu padre tuvo a bien que aprendieses a leer. Pero ¡cuidado! Leer no es una actividad exenta de riesgos. Además de aportar pensamientos que podrían violentar la frágil mente femenina, la lectura puede producir «flatulencias, oclusión de intestinos y alteraciones de la salud sexual»2. Conscientes de los peligros de la lectura ligera, en Castilla, la impresión de novelas estuvo prohibida durante 9 años (de 1625 a 1634)1.

Pero si quieres dedicar tu tiempo a algo más activo, recuerda: la creación artística está reservada a los hombres. No hay beneficio alguno en que una mujer exprese sus ideas. Protegida de ver y ser vista, protegida de leer y ser leída, … ¡y sin Internet! Qué difícil ser mujer en el barroco.

A penas 100 años antes (s. XVI), la gran Sofonisba Anguissola tuvo que ser nombrada dama de honor de Isabel de Valois (tercera esposa del rey Felipe II de España) para poder «trabajar» como pintora en la corte1. Y digo trabajar, así, entre comillas porque recibir dinero por unos servicios prestados convertía inmediatamente a cualquier mujer de la época en una prostituta.

El siglo XVII no fue mucho mejor, pero ello no impidió que muchas mujeres pusieran en riesgo su reputación para dedicarse a la creación artística. Desafiaron a sus padres, se expusieron a las críticas despiadadas de sus compañeros, perdieron su buena imagen e incluso su virtud, vivieron en ocasiones en la más absoluta pobreza pero tomaron las riendas de sus vidas.

No quiero romantizar sus vidas. No las quiero convertir en heroínas. Sufrieron. Sus familias las repudiaron, aunque ellas las mantuvieran con sus ganancias. Cargaron siempre con el desprecio de ser mujer y atreverse a inmiscuirse en cosas de hombres. Sus retribuciones fueron menores y aún así muchas llegaron muy alto. Y la historia las ha silenciado. Las ha olvidado conscientemente. Sus obras durante siglos han sido atribuidas a otros artistas, como si las firmas en sus cuadros desaparecieran. Ceguera voluntaria ¿transitoria?


1.- «Las olvidadas» de Ángeles Caso
2.-«Las mujeres que leen son peligrosas» de Stefan Bollmann

A.

En verano de 2018 leí un artículo (que no consigo encontrar), en que una mujer explicaba su determinación de leer tan sólo libros escritos por mujeres. ¿Eres capaz de citar tantos nombres de mujeres escritoras como de hombres? Aquella pregunta me decidió. Tan feminista como yo me consideraba… ¡y mis autores de cabecera eran en su gran mayoría hombres sin haberme percatado siquiera!

Estuve hasta bien entrado 2019 leyendo exclusivamente mujeres. Me enfrenté a mesas de novedades en que no había ninguna mujer y a carteles de «escritor del mes» que nunca antes habían llamado mi atención. Así, cuando hace pocos meses decidí sumergirme en el mundo del arte, os podéis imaginar cuál fue una de mis primeras preocupaciones. Pero pronto descubrí el libro que da pie a esta entrada: «Grandes mujeres artistas» de la editorial Phaidon.

En este libro encontramos una breve biografía y una imagen de la obra de 400 artistas diferentes ordenadas por orden alfabético. Pensando cómo enfrentarme a este libro casi enciclopédico (aunque a su vez demasiado breve: tan sólo un bocadito de cada artista) se me ocurrió la idea de crear una línea temporal en la que ir ordenando las artistas presentes en el libro. Tan sólo una excusa para bucear en Internet buscando su obra.

En la ficha de cada autora he incluido el resumen breve que ofrece Wikipedia sobre ellas, así como el enlace a la entrada completa. En algunos de estos «trailers» he encontrado palabras (o expresiones) que por su peculiaridad o por su fuerza me han llamado la atención (algunas de ellas sólo revelan su magia en el contexto, os animo a buscarlas). Estas son las palabras que definen a nuestras artistas A: pionera, autorretrato, surrealista, profesora de la Bauhaus, fotógrafa de los freaks, regalo, literatura multiétnica, fuerza impulsora, identidad, tapiz, grabados vibrantes, pan de oro y plata, feminista, cofundadora, madrina, experimental, necesidad de comer, otredad, internacional, pinturas bordadas, transiciones, listado alfabético de nombres de persona en alemán, erróneamente, bodegones.

(Haz click en el enlace para ir a la linea temporal)