Joan Mitchell.

El agua comienza hervir. Y en la pequeña burbuja que desde las profundidades de la olla, crece y rompe con fuerza en la superficie entiendo, por fin, a Joan Mitchell.

Nacida en una familia pudiente de Chicago, Joan creció con la vergüenza de no ser el hijo que su padre deseaba. Criada en un ambiente exigente, compitió (y ganó) en múltiples disciplinas deportivas sin conseguir jamás el respeto y amor de su padre.

Ruda, masculina, violenta. Con un lenguaje agresivo listo para mantenerte a raya. Su coraza la protegía y la asfixiaba. Le impedía establecer lazos afectivos sin regarlos en alcohol. Ella creía que la ayudaba a borrar las limitaciones impuestas de su género.

Su talento artístico se impuso como un hecho inamovible en su vida. Antes incluso de graduarse en la escuela de artes, ganó una beca que usó pocos años después para viajar a Francia. Atraída por el romanticismo de la ciudad y el arte europeo, en 1948 descubrió una Francia post-guerra cruda y distinta a la de su imaginación.

Aún así, París fue siempre su segundo hogar: vivió allí más de 25 años. Nacida en Chicago, neoyorkina de adopción, y enamorada de París, vivió su vida a caballo entre dos continentes. En Francia, con la incomprensión más absoluta de su arte y el desprecio por ser americana. En Nueva York alejada de su pareja, aclamada por la crítica y adorada por sus amigos.

Pese a su éxito casi permanente, su vida estuvo marcada por múltiples relaciones tormentosas. Más vulnerable y sumisa de lo que siempre quiso ser, tropezó todo el tiempo con hombres que abusaron de su lealtad, la maltrataron y jamás fueron honestos con ella. La dependencia emocional de un hombre casado con el que mantuvo una relación de décadas le robó la oportunidad de tener esa hija con la que tanto soñó. Quizá hoy, hubiese buscado un donante de semen…

Joan encontró en una casita en el sur de Francia la soledad necesaria para crear. El espacio para ser ella misma. Y encontró en Gisèle Barreau la amistad y el apoyo que siempre necesitó. Su obra, enérgica, dura,… como su vida. Como ella. Como esa burbuja en la olla que pese a su fragilidad rompe con fuerza en la superficie arrasando con todo.

Lee Krasner.

Ojeo el catálogo de la exposición «Lee Krasner. Color vivo». En muy pocas horas he cambiado el magnetismo de las obras que te atrapan en la proximidad, por el delicioso olor a libro nuevo. Si cierro los ojos aún me veo en la sala (quizá demasiado oscura) del Guggenheim, con todas mis altas expectativas superadas, feliz. No me quise ir. Recorrí la exposición entera un par de veces. Me hubiera quedado a vivir.

Another Storm, 1963

Lee Krasner nació en Brooklyn el año 1908. Procedente de una familia de judíos emigrantes rusos, tuvo claro desde niña que quería ser pintora. Recibió una formación artística excepcional para la época: fue al único instituto de mujeres con un programa artístico, a la escuela de arte para mujeres Cooper Union, a la National Academy of Design y finalmente (en el año 1937) estudiaría con Hans Hoffman.

Fue una mujer decidida, enérgica, implicada políticamente que vivió, durante su juventud, un momento histórico esperanzador. En 1920 se otorgó el derecho a voto a las mujeres en EE.UU. En 1929 se inauguró el MoMA, que puso a su alcance obras del mejor arte moderno: Picasso, Matisse, Cézanne, Rodin… En 1935 para combatir los efectos devastadores de la Gran Depresión tras el crash de Wall Street (1929), se creó el Federal Art Project, un proyecto con el que el gobierno encargaba trabajos a los artistas (elaborar murales, ilustrar fósiles,…) facilitándoles así la subsistencia.

El Federal Art Project trajo consigo dos maravillosas revelaciones: por un lado, supuso que los artistas tomaran consciencia de ser una comunidad; por otro, demostraba la validez de las mujeres como artistas profesionales, puesto que una quinta parte de ellos eran mujeres que además recibían el mismo sueldo.

Por su parte, Lee trabajó como camarera en el John Reed Club (punto de reunión de los intelectuales asociados al partido comunista) donde conoció a artistas tan importantes como Gorky, de Kooning o John Graham. Su personalidad resolutiva y decidida la llevó a participar activamente en la estructura del partido, del cual se desligó lentamente a final de los años 30.

Su ruptura con el partido se debió a las directrices real-socialistas que este tomó: los cuadros no eran sino medios para la crítica social, mientras que Lee prefería manifestar en ellos sus propias inquietudes. Su formación en cubismo/abstracción en la escuela Hans Hoffman sin duda tuvo mucho que ver con ello, ya que para ella supuso el punto de partida en la búsqueda de un estilo propio.

La guerra civil española en los periódicos, el bombardeo de Guernica (1937), ataques a la comunidad judía en Alemania que ya hacían sospechar que algo no iba bien, la Kristallnacht (1938)… el debate sobre cuál es el papel de un artista durante la guerra no hacía más que empezar. Pronto, tras el ataque a Pearl Harbor (diciembre, 1941) muchos artistas se alistarían en el ejercito mientras que otros a través de la cultura, tratarían de demostrar que la humanidad no estaba perdida.

La primera exposición profesional de Krasner sería un acto de protesta: Pink-slips over culture. Los pink-slips eran unos papeles rosa que indicaban que el despido de un trabajo. Con esta exposición los artistas protestaban ante la amenaza del cierre del Federal Art Project.

En noviembre de 1941 John Graham invitó a Lee a participar en la exposición «French and American Painting», cuyo objetivo era unir el gran arte europeo (Braque, Picasso, Derain…) y el novedoso arte americano (Pollock, de Kooning y Krasner, pioneros del expresionismo abstracto). Krasner, que controlaba todo el panorama artístico y de quien muchos afirmaban tenía el «mejor ojo» del momento, no conocía a Pollock, quien era un gran desconocido (y completamente asocial) en el momento.

Pero esta situación no duró mucho tiempo. Krasner visitó el estudio del que sería su marido, vio su trabajo y supo que estaba ante algo excepcional. A partir de ese momento convertir a Pollock en alguien conocido se volvería una de sus prioridades. También sería el comienzo de una relación de admiración y adoración mutua por desgracia cimentada en las inseguridades, el machismo y el abuso destructivo del alcohol de él.

Los años de la guerra fueron complicados para Lee. La muerte de su padre, de Piet Mondrian (gran amigo y admirador de su obra), la boda con Pollock (y su primera crisis matrimonial después de que él descubriera que ella no quería ser madre), la mudanza a Springs en busca de paz (y aislamiento social tratando de evitar las temibles borracheras de Pollock), … Todo ello bien adrezado con penurias económicas llevaron a Krasner a un bloqueo artístico del que saldría realizando mosaicos y pinturas inspiradas en jeroglíficos. Así serían sus siguientes años de matrimonio: épocas duras que la bloquearían artísticamente de las que renacería reinventándose una y otra vez.

La turbulenta relación con Pollock terminó en 1956 cuando este falleció en un accidente de tráfico (conducía borracho con su amante y una amiga de esta que también falleció). Enérgica y decidida como siempre había sido, tomo el estudio de Pollock como propio y trabajó sin descanso el resto de su vida. El éxito le llegó, sin duda, aunque quizá tarde y más descafeinado de lo que merecía: el expresionismo abstracto estaba «a la baja» y el papel de las mujeres en el arte mucho más.

Lee Krasner falleció el 19 de junio de 1984, tan sólo 6 meses antes de que se estrenase su retrospectiva en el MoMA.

Ninth street women.

«Cuando comencé a leer este libro, tan sólo me sonaba el nombre de Lee Krasner. No sabría decir con exactitud cómo ese nombre llegó a mí. Conocía a Pollock desde hacía poco: acababa de leer «¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno» de Gompertz. Y es cierto que Gompertz dice literalmente «…junto a su esposa la también artista Lee Krasner» pero como podéis imaginar, aquella frase resbaló por mi memoria y acabó en la basura. «

Ninth Street Women: Lee Krasner, Elaine de Kooning, Grace Hartigan, Joan Mitchell, and Helen Frankenthaler: Five Painters and the Movement That Changed Modern Art.

Cuando comencé a leer este libro, tan sólo me sonaba el nombre de Lee Krasner. No sabría decir con exactitud cómo ese nombre llegó a mí. Conocía a Pollock desde hacía poco: acababa de leer «¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno» de Gompertz. Y es cierto que Gompertz dice literalmente «…junto a su esposa la también artista Lee Krasner» pero como podéis imaginar, aquella frase resbaló por mi memoria y acabó en la basura.

Es un libro largo. 700 páginas de historia acompañadas de otras doscientas de bibliografía, fotos, etc. Como si de una tesis doctoral se tratara todo está bien referenciado y respaldado con datos: nada queda a la imaginación o la literatura. Pero al mismo tiempo es fluido, ligero, emocionante. Una reconstrucción perfecta con el mejor dolby surround.

Mary Gabriel no ha separado la nata del bizcocho. Mary Gabriel ha cogido el trozo entero del pastel. No habla de 5 mujeres del expresionismo abstracto, reescribe LA historia. Porque es imposible hablar de Pollock sin entender a Krasner. Igual de imposible que entenderlos a todos sin comprender el momento histórico y social.

Este libro nos presenta mujeres brillantes, jóvenes, que marcan una época y definen los términos en que quieren vivir su vida. Beben, fuman, pasan del momento ausonia (véase «fina y ligera»), se acuestan con quien quieren y sobre todo pintan. Pintan sin descanso. Rompen los esquemas y redefinen los estilos.

Pero también son de carne y hueso. Sufren. Se enamoran. Caen en relaciones tóxicas que las consumen. Y, pese a su absoluta libertad y fuerza, viven momentos en que inevitablemente su género las define. Deben afrontar la maternidad o la ausencia de ella. Las expectativas de aquellos que esperan que sean esposas convencionales. La responsabilidad de los cuidados de padres, hijos o maridos enfermos.

Son mujeres. Y no tienen la tarjeta del Monopoly «Quedas libre de la cárcel». El mundo no se rinde a los pies del «gran artista». Son mujeres… Y aún así no se doblegan. Ante el silencio de la crítica. Los chismorreos sobre su vida. El hambre o la falta de reconocimiento. Siguen pintando. Porque esa es su misión. Y su legado.

Un imprescindible. Debería haber un libro como este de cada pequeño periodo de la historia. Un libro del que empaparse. De los que al terminar quieres volver a leer. También el punto de partida para los próximos posts de este blog: muchas grandes mujeres que conocer… ¿os las vais a perder?